1 de agosto de 2009

Agosto


Llegó agosto. Los mosquitos no dan tregua a las noches de los humanos, y no dejan cuerpo libre de sus ataques ni del insoportable picor que dejan como rastro durante días. Ya no podemos ir a comprar el diario al lado de casa, porque el quiosco cierra si no dos semanas, el mes entero. Y cuando encontremos algún lugar abierto, el diario, por el mismo precio de siempre, tendrá poco más de la mitad de grosor y por ende de información, pero, eso sí, nos traerá algún suplemento estúpido sobre las más pintorescas gilipolleces. Ya no podemos comprar los productos frescos en la parada habitual porque el/la dueñ@ está de vacaciones. Merecidas, no lo dudo. Tendremos que adquirir los alimentos más básicos en un lugar relativamente extraño, que a base de no descansar hará su agosto, nunca mejor dicho. Todos aquellos productos —libros, ropa, tecnología— de los que no haya ejemplares en las tiendas (las que permanezcan abiertas) tendrán que esperar hasta septiembre, como poco, porque ningún proveedor sirve nada hasta entonces. Incluso la información deja de ser importante, porque en el mundo dejan de suceder cosas. Aunque la sequía se cruce con los incendios, las "víctimas" del tráfico desmedido en las carreteras se multipliquen, y el bochorno asfixie literalmente a los jubilados.

Nuestro lugar, el correcto, el que debe ser, es la playa, la piscina, la torre, el terreno, el cámping, el pueblo. Compitiendo elegantemente por tener la melanina más rápida y efectiva. Ajenos e inmunes a esa fantasía que son las enfermedades de la piel. Replet@s, faltaría más, de felicidad impostada, de la emoción estival que se mezcla con el borreguismo más elemental y vacuo. O en alguna isla, por ejemplo, retozando libremente con multitud de ejemplares humanos en medio de la belleza como norma —con el sol tod@s nos volvemos repentina e irremediablemente alt@s, delgad@s, guap@s y atractiv@s—, sin rastro alguno de problemas o preocupaciones, ya que en verano, ya se sabe, nada puede apartarnos de la felicidad.

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