En estos oscuros momentos, sólo se me ocurren tres paisajes humanos tan vergonzosos, humillantes y esperpénticos como el mercadeo impúdico de carne (al cual soy ajeno, más que por dignidad, por inseguridad, impaciencia y pueril cobardía), salpicado de vacuos e hipócritas rituales y procesos social y moralmente aceptados. Son los siguientes:
— Cuatro jóvenes ejemplares machos adultos de Homo sapiens sapiens moviéndose rítmica, alegre y apasionadamente al compás de alguna composición pseudomusical de dudoso gusto y nulo valor artístico, disimuladamente frustrados por su (comprensible) escaso éxito sociohormonal entre las hembras de dicha especie, en un antro dedicado enteramente al apareamiento.
— La media estético-intelectual de la fauna que deambula en el transporte público entre las 02.00 y las 06.00 de la madrugada de cualquier sábado.
— Un ciudadano de rasgos orientales jugando con tres aparentes y misteriosas piedras blancas con algún motivo difícil de identificar mientras espera la llegada del metro, ataviado, entre otras cosas, con calcetines blancos y horrendos zapatos negros —etnocentrismo cultural mediante—.
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